VOCABULARIO: DESCARTES

 

FILOSOFÍA MODERNA

LAS CARACTERÍSTICAS DEL RACIONALISMO

EL CARACTER MATEMÁTICO DEL RACIONALISMO

EL MECANICISMO MODERNO

OBRAS DE DESCARTES

SU ITINERARIO FILOSÓFICO

 

EL PROBLEMA DEL CONOCIMIENTO:

 

LOS ERRORES DEL PASADO EN FILOSOFÍA

ERRORES AL RAZONAR

EL TESTIMONIO FALAZ DE LOS SENTIDOS

LA DUDA METÓDICA

EL CRITERIO DE VERDAD (O EVIDENCIA)

 

LAS REGLAS DEL MÉTODO:

            REGLA DE EVIDENCIA:

                                                           CLARIDAD

                                                           DISTINCIÓN

            REGLA DE ANÁLISIS

            REGLA DE SÍNTESIS

            REGLA DE ENUMERACIÓN

 

LA INTUICIÓN

LA DEDUCCIÓN

LA PRIMERA VERDAD

EL COGITO-EL PENSAMIENTO

REALIDAD FORMAL Y REALIDAD OBJETIVA

 

 

LA IDEA Y EL ANÁLISIS DE LAS IDEAS:

            IDEAS ADVENTICIAS

            IDEAS FACTICIAS

            IDEAS INNATAS

ERRORES AL RAZONAR

LA HIPÓTESIS DEL SUEÑO

LA HIPÓTESIS DEL GENIO MALIGNO

LA IDEA DE DIOS Y PRUEBAS SOBRE SU EXISTENCIA:

            LA IDEA BASADA EN EL SER PERFECTO

            LA IDEA DE IMPERFECCIÓN Y DEPENDENCIA

            EL ARGUMENTO ONTOLÓGICO

 

EL PROBLEMA DE LA REALIDAD

LA IDEA DE SUBSTANCIA

LOS ATRIBUTOS Y LOS MODOS

LA RES INFINITA

LA RES PENSANTE

LA RES EXTENSA

EL DUALISMO ONTOLÓGICO

LA ESTRUCTURA DE LA REALIDAD FINITA

LAS CUALIDADES PRIMARIAS Y  SECUNDARIAS

LA MENTE Y LA EXTENSIÓN

EL ÁRBOL DEL CONOCIMIENTO

 

EL DUALISMO ANTROPOLÓGICO

EL SOLIPSISMO

 

LA MORAL PROVISIONAL

 

 

 

 

ANÁLISIS

Ver “regla del análisis”.

 

ÁRBOL DEL CONOCIMIENTO

Metáfora utilizada por Descartes para mostrar la unidad del saber humano y la dependencia de todos los conocimientos respecto de la metafísica.

La sabiduría humana es el conjunto de todas las ciencias, conjunto que Descartes concibe como un sistema orgánico: es como un árbol cuyas raíces son la metafísica, el tronco la física o filosofía natural, y las ramas las otras ciencias, principalmente la medicina, la mecánica y la moral. Todas las ciencias son consecuencia del uso de la razón, que es una y la misma con independencia del campo al que se aplique. El conocimiento es siempre y en todo momento conocimiento cierto y evidente, en caso contrario no es conocimiento. Esta evidencia se obtiene mediante las dos “acciones” del entendimiento legítimas: la intuición y la deducción. La intuición para el descubri­miento de las primeras verdades, que serán precisamente las raíces del árbol del conocimiento; la deducción para la fundamentación del resto de verdades. Con la metáfora del árbol del conocimiento Descartes quiere señalar también la primacía de la filosofía respecto de las otras ciencias pues sin ella los conocimientos no adquieren una fundamentación última. Esta primacía le lleva a considerar que hasta la propia física extrae sus principios básicos de la metafísica.

Ver “carácter matemático del racionalismo” y “carácter unitario de la razón”.

 

ARGUMENTO BASADO EN LA IDEA DE UN SER PERFECTO

Demostración de la existencia de Dios a partir de la reflexión relativa a la existencia en nosotros de la idea de un ser absolutamente perfecto.

Esta prueba, tal y como la presenta en la “Tercera Meditación”, es en cierto sen­tido una mezcla de la prueba tomista basada en la existencia de distintos grados de perfecciones y de la relativa a la causalidad. La principal diferencia respecto de las Cinco Vías es que éstas parten de la observación de perfecciones en la realidad (incluido el mundo físico) y de la observación de vínculos causales entre las cosas. Descartes no puede utilizar estos recursos porque en el momento de la duda metódica en el que se incluye la prueba aún no sabe si existen cosas distintas a su propio pensamiento. Sólo Le cabe mirar en su interior, ver si hay distintos niveles de perfección en sus ideas y reflexionar sobre la causa de la aparición en su mente de dichas ideas.

Partes principales del argumento:

1.   Comienza distinguiendo dps aspectos en las ideas: las ideas en cuanto que son actos mentales y en cuanto poseen contenido objetivo;

a)   las ideas en cuanto actos mentales no presentan entre ellas diferencias o desi­gualdad alguna: todas son acontecimientos mentales, todas pertenecen al mismo tipo de realidad, la realidad psíquica;

b)    pero atendiendo a su contenido, a lo que representan, su realidad es diversa (Descartes llama “realidad objetiva” a esta peculiaridad de las ideas); todas las ideas son en un sentido semejantes y en otro distintas: la idea de mesa es semejante y distinta a la idea de color, es semejante en la medida en que ambas son ideas, pero es distinta porque una representa una mesa, es decir, representa una substancia, y otra representa el color, es decir, representa un accidente; la realidad objetiva de cada idea es distinta;

c)   podemos hablar de unas ideas más perfectas que otras, perfección que les viene dada de la perfección que cabe atribuir a lo representado en ellas: así la idea de ángel es más perfecta que la idea de libro, porque los ángeles son más perfectos que los libros, y la idea de substancia es más perfecta que la idea de atributo, porque las substancias son más perfectas que los atributos.

2.   Si nos preguntamos cuál de todas nuestras ideas es la más perfecta, cuál tiene más realidad objetiva, tendríamos que decir que la idea de Dios pues reúne las ideas de todas las perfecciones en las que podamos pensar; la idea de Dios es la idea del ser sumamente perfecto.

3.   Introduce el principio metafísico de que la realidad que se encuentra en el efecto no puede ser superior a la realidad de la causa; este principio ya se encontraba en la Tercera Vía tomista, peru aplicado al diferente grado de perfección de las cosas;

a)  a toda idea con una realidad objetiva dada le debe corresponder una causa cuya realidad formal sea igual o mayor: esto quiere decir que la causa de la idea debe poseer una perfección real (“formal”) que sea proporcional a la perfección de la propia idea; a mayor realidad objetiva de una idea, mayor realidad formal debe tener el objeto que la haya causado. Descartes hace un catálogo de las ideas que encuentra en sí mismo: unas representan a hombres, otras a animales, otras a ángeles, unas representan substancias, otras atributos; y examina si él mismo podría considerarse el responsable, la causa de todas sus ideas; cree que en sí mismo puede encontrar el fundamento y la perfección adecuada para dar cuenta de casi todas las ideas;

b)  la idea de perfección absoluta no se puede explicar a partir de las facultades del propio sujeto, luego debe estar en nuestra mente porque un ser más perfecto que nosotros nos la ha puesto; debe se innata. Ese ser es Dios. Muchos filósofos consideran que la idea de infinito proviene, por negación de los límites, de la idea de lo finito, Descartes invierte esta relación afirmando que la noción de finitud, de limitación, presupone la idea de infinitud.

4.   Conclusión: “aunque yo tenga la idea de substancia en virtud de ser yo una subs­tancia, no podría tener la idea de una substancia infinita, siendo yo finito, si no la hubiera puesto en mí una substancia que verdaderamente fuese infinita”, luego Dios existe.

 

Ver “pruebas para la demostración de la existencia de Dios”.

 

ARGUMENTO BASADO EN LA IMPERFECCIÓN Y DEPENDENCIA DE MI SER

Esta prueba parte de la contingencia de mí mismo como ser finito. Dios será en esta prueba causa de mí (no ya de la idea de El que en mí hay). La prueba es de corte tomista y recuerda la Tercera Vía.

La versión cartesiana se caracteriza por las siguientes variantes:

1.                              Soy consciente de mi imperfección y (como corresponde al lugar en el que se sitúa esta prueba, la duda metódica), me doy cuenta de mi limitación precisamente por mi ignorancia, por el hecho de que dudo: si fuese absolutamente perfecto y la causa de mi propio ser. me habría creado como sabio, no como ignorante.

2.                              La contingencia de mi ser no se refiere sólo al hecho de que haya necesitado de otro ser para existir o empezar a ser, sino también a mi incapacidad para mante­nerme en el ser, a mi incapacidad para continuar viviendo sólo a partir de mi mismo. En este punto, la argumentación cartesiana se separa de la tomista: Santo Tomás subrayaba la contingencia de todos los seres en la medida en que éstos no son causa de sí mismos; Descartes habla de la contingencia de su ser (ya que no sabe aún si existen otros seres) porque no se ha creado a sí mismo, pero más aún porque no cree que él mismo sea la causa de su mantenerse en el ser, de su seguir existiendo. La fragilidad de mi existencia es tal que en cualquier momento podría no existir: los distintos momentos de la temporalidad de mi vida como ser pen­sante son independientes: unos (los posteriores) no pueden explicarse absolutamente a partir de otros (los anteriores); y si ello es así debo suponer que existe un ser distinto a mí mismo que sea la causa de que yo perdure, de mi vida como una totalidad que se da en el tiempo, de mi vivir. En conclusión, Descartes llegará a Dios más que como consecuencia de que El sea necesario para explicar nuestra creación, porque es necesario para explicar la conservación de nuestro ser.

3.                              A continuación plantea la hipótesis de que tal vez yo no dependo de Dios sino de algo menos perfecto que Dios, y la rechazará mediante la referencia a dos princi­pios: uno que ya aparecía en la primera demostración de la existencia de Dios (la de la idea de Dios como ser infinitamente perfecto) y otro la imposibilidad de la serie infinita para dar cuenta de la existencia presente:

 

a.       en la causa debe haber tanta realidad como en el efecto; si yo soy un ser pen­sante sólo un ser pensante puede haberme creado;

b.      si ese ser pensante no es la causa de sí mismo, entonces otro debe haberlo creado, y lo mismo con este segundo y con un tercero... pero la serie no puede ser infinita, porque en tal caso no podríamos dar cuenta de mi existen­cia actual y menos aún de la conservación de mi ser, luego Dios existe. El ser del que dependo tiene que tomar su origen y existencia de sí mismo

4.                              4.        La conclusión no es sólo que Dios existe sino que la idea de Dios es innata y como el sello o huella que Dios deja en nosotros por habemos creado.

      Ver “pruebas para la demostración de la existencia de Dios”.

 

ARGUMENTO ONTOLÓGICO

Prueba para demostrar la existencia de Dios que parte de la idea de Dios como la de un ser absolutamente perfecto.

En lo esencial, este argumento mantiene que concebir a Dios es casi la misma cosa que concebir que existe. Los pasos básicos de esta prueba, tal y como la encon­tramos en las “Meditaciones Metafísicas”, son los siguientes:

    todo lo que conozco clara y distintamente como perteneciente a ese objeto, le pertenece realmente; sé, por ejemplo, que todas las propiedades que percibo clara y distintamente que pertenecen a un triángulo, le pertenecen realmente;

    en la idea de Dios está comprendido el ser absolutamente perfecto; si revisamos la idea o noción que tenemos del Creador encontramos que lo concebimos como un ser omnisciente, omnipotente y extremadamente perfecto (o dicho en otros términos: si investigamos con exactitud su naturaleza, encontramos que a ésta le pertenece la infinitud);

    Descartes considera la existencia como una propiedad puesto que puede ser atri­buida a una cosa (tesis con la que no estará de acuerdo Kant); así, la existencia posible es una perfección en la idea de un triángulo porque la hace más perfecta que las ideas de todas las quimeras que no pueden ser producidas. Pero la existencia necesaria es una perfección aún mayor. El existir realmente hace de algo más perfecto que el existir meramente en el pensamiento o que la mera posibilidad de existir,

    la existencia necesaria)’ eterna está comprendida en la idea de un ser absoluta­mente perfecto;

    luego Dios existe.

En la idea de Dios está comprendida su existencia del mismo modo que en la idea del triángulo está el que la suma de los tres ángulos sea igual a dos rectos. Señala tam­bién que esto no ocurre con ninguna entidad distinta a Dios: en las ideas de las otras entidades encontramos contenida sólo la posibilidad de existencia, no su realidad. En Dios —y sólo en El— se encuentra en su naturaleza o esencia la existencia necesaria.

Descartes considera que la evidencia de esta prueba es la misma que la que tene­mos de que dos es un número par, tres es un número impar y cosas semejantes. Considera, sin embargo, que los prejuicios nos impiden reconocer la verdad de este argumento: en todos los seres distintos a Dios distinguimos la esencia de su existencia y si no elevamos nuestro espíritu de las cosas finitas y sensibles a la contemplación de Dios, entonces podremos dudar si la idea que tenemos de El no es como la que tenemos de las cosas finitas. Si atendemos sólo a las cosas sensibles nos acostumbramos a no pensar cosa alguna si no es imaginándola, por lo que acabamos considerando que si algo no es imaginable no es inteligible ni real, pero Dios y alma no se ofrecen a los sentidos ni de ellos cabe, propiamente, imaginación, aunque sí pensamiento.

Ver “pruebas para la demostración de la existencia de Dios”.

 

ATRIBUTO

Propiedad principal de la substancia. Constituye su naturaleza o esencia y de él dependen todas las demás propiedades.

Las substancias no se conocen inmediatamente sino a través de sus atributos. El pensamiento es el atributo de las substancias pensantes o mentes y la extensión en longitud, latitud y profundidad es el atributo de las substancias extensas o cuerpos. El resto de propiedades (figura, cantidad y movimiento, en el caso de los cuerpos, imaginación, sentimiento, deseos, ..., en el de las mentes) presuponen los atributos y son sus modificaciones o variaciones. En el caso de Dios todas sus características son esenciales y por lo tanto atributos.

Ver “modos” y “substancia”.

 

CARÁCTER MATEMÁTICO DEL RACIONALISMO

Rasgo del racionalismo moderno consistente en proponer como modelo de racionalidad el ejercicio de la razón que encontramos en las matemáticas.

Descartes, como el resto de filósofos racionalistas de la Edad Moderna, sintió una especial fascinación por la matemática. En el “Discurso del Método” nos cuenta que [as matemáticas era el saber más perfecto de todos los que le enseñaron en el colegio. BI propio Descartes se dedicó a la matemática, desarrollando por primera vez la parte le esta disciplina denominada geometría analítica.

Cuando se indica que Descartes quiso tomar como modelo la matemática no se quiere decir que intentase tratar las cuestiones filosóficas en términos cuantitativos y con formulismos matemáticos, como si los problemas filosóficos se pudiesen resolver mediante meros cálculos (aunque esta idea, basada en algo así como una “matemática universal”, pareció tentadora a otro racionalista, Leibniz). Descartes toma de la matemática dos cosas: el ideal de conocimiento y el estilo demostrativo:

 el ideal de conocimiento: el conocimiento matemático es conocimiento cierto e indudable, provoca un claro acuerdo entre las personas que lo practican y da lugar a un saber acumulativo; esto es precisamente lo que quiso Descartes para la filo­sofía, hacer de la filosofía un saber estricto y tan cierto como el matemático;

    el estilo argumentativo: Descartes observa que, particularmente en geometría, la investigación matemática parte de proposiciones elementales cuya verdad resulta manifiesta a todo espíritu atento. A estas proposiciones les damos el nombre de axiomas, y sabemos que son ciertas mediante un acto simple de la mente al que llama intuición. A partir de estos principios la razón va mostrando otras proposi­ciones más complejas y oscuras mediante cadenas trabadas deductivamente. A estas proposiciones se les da el nombre de teoremas, y llegamos a su verdad me­diante el acto de la razón que denomina deducción. La filosofía debe seguir este mismo estilo argumentativo: partiendo de la intuición de verdades absolutamente evidentes, deducir el resto de verdades que la mente no ve con claridad que son

ciertas. En este sentido, la proposición “pienso, luego existo” es el equivalente a los axiomas de la matemática, y proposiciones del tipo “el alma es inmortal” o “Dios es bueno” las equivalentes a los teoremas. Es verdad que en general no hace una presentación de su filosofía en la que explícitamente se reproduzca este estilo, pero en una parte de las ‘Meditaciones Metafísicas” presenta —junto al modo más común de argumentar— los resultados de su investigación filosófica con el estilo de los geómetras: mediante definiciones, postulados, axiomas, y teoremas. En las “Reglas para la dirección del espíritu” presenta incluso la idea de la mate­mática universal: lo peculiar de la matemática es referirse al orden y la medida, con independencia de si lo ordenado y medido son números, figuras, astros o sonidos. Por ello es pensable que exista una ciencia general que explique todo lo que pueda con­venir al orden y medida en general, considerados independientemente de una materia especial. Esta idea del poder de la matemática como conocimiento de lo cuantitativo tuvo dos importantes aplicaciones:

    la geometría analítica: la aplicación de métodos cuantitativos para definir propie­dades geométricas;

    la física moderna o física matemática: en los “Principios de Filosofía” nos dice que la naturaleza de la realidad física no es ser caliente o pesada o coloreada, sino el extenderse en el espacio, el tener longitud, latitud y profundidad (rasgos geomé­tricos y cuantitativos) por lo que los principios de la física deben descansar en las matemáticas.

 

Finalmente, es preciso matizar el valor que otorgó a la matemática:

    en primer lugar porque incluso ésta es dudable (como lo muestra la hipótesis del genio maligno y la existencia de equivocaciones al razonar) por lo que necesita de una fundamentación última que no se encuentra en sí misma sino en la filosofía. En este sentido dirá Descartes que un ateo propiamente no sabe matemáticas. Como nos dice en la “Quinta Meditación” es preciso reconocer la existencia de Dios, que todas las cosas dependen de él, que no es falaz, que todo lo que concebimos con claridad y distinción es verdadero, que podemos confiar en lo esencial en nuestra memoria, y sólo entonces podremos estar absolutamente ciertos de las matemáticas;

    en segundo lugar, la objetividad de la matemática debe matizarse puesto que las verdades matemáticas dependen de la voluntad del Creador: si los tres ángulos de un triángulo suman dos rectos no es porque no podía ser de otro modo sino porque Dios lo ha querido así.

 

CARÁCTER UNITARIO DE LA RAZÓN

Tesis cartesiana según la cual la razón es una y siempre la misma indepen­dientemente del tipo de objetos que conozcamos con ella.

Descartes consideró que, en sentido estricto, solo existe una ciencia, la sabiduría humana. La razón es una y la misma aunque se aplique a objetos diferentes. Es cierto que hablamos de distintas ciencias, pero ello sólo por la diferencia de sus objetos, diferencia que ni siquiera debe implicar el uso de métodos de investigación distintos. Como nos dice en el “Discurso del método”: “La razón es una y la misma por diversos que sean los asuntos a los que se aplique, y no recibe más cambios por ello que los que imprime a la luz del sol la diversidad de objetos que ilumina."

El modelo de racionalidad en el que piensa Descartes es el matemático: la verdad matemática es el tipo de la verdad científica ya que es un conocimiento cierto e indu­dable. La tradición aristotélico-tomista no aceptaba esta idea pues consideraba que cada ciencia debe utilizar un método distinto en función de la diferencia de los objetos que cada una estudia, y que, por ejemplo, no podemos emplear en ética o en metafísica el método que es apropiado en la matemáticas. Sin embargo, Descartes propuso una ciencia universal y un método universal. No hay duda de que el éxito en probar proposiciones geométricas por medios aritméticos (algo que Aristóteles consideró imposible) impulsó en él este punto de vista.

Ver “árbol del conocimiento” y “carácter matemático del racionalismo”.

 

CLARIDAD

Junto con la distinción, uno de los rasgos principales de la evidencia. El co­nocimiento que tenemos de las cosas cuando están presentes, en persona, ante nuestra mente.

Como ejemplo de claridad y distinción, y de sus opuestos, oscuridad y confusión, cabe poner ejemplos tomados de la percepción. Cuando decimos “el gato está encima de la cama” mi conocimiento es “claro” si estoy viendo al gato encima de la cama; es “oscuro” si hago dicho juicio sin tener delante de mí a dicho gato. Si miro por la ven­tana al último árbol del jardín, las ramas que tiene se me presentan de forma “confusa”, ya que no soy capaz de ver con precisión cada una de ellas, las percibo mezcladas unas con otras, no veo con distinción los límites de cada una de ellas. Si bajo a la calle, me acerco al árbol y veo cada rama con cuidado, distinguiendo sus partes, los límites y distancias que les separan del resto, entonces tengo un conocimiento “distinto”.

El ejemplo anterior describe la claridad y la distinción en el caso de la percepción. pero lo peculiar del punto de vista cartesiano es que también cabe claridad y distinción respecto de conocimientos no preceptúales de conocimientos intelectuales.

Fajémonos en las siguientes posibilidades en relación al conocimiento “pienso, luego existo”:

1.    Le contamos al taxista que nos lleva a una charla sobre Descartes que toda la filosofía del autor se concentra en dicha frase; el taxista nos puede decir que es verdad, que esa frase, como todo el mundo sabe, es cierta.

2.    Durante la charla, el conferenciante nos presenta paso a paso la duda metódica, y dispone nuestra mente de tal modo que nos obliga a dirigir la atención sobre nosotros mismos y nos enseña a vernos como sujetos que piensan.

      3.   A continuación pregunta a dos oyentes qué piensan; uno de ellos dice

     a)          “pienso en que estoy nervioso, por lo que prefiero que conteste otro”;

     b)          el segundo oyente dice “pienso que Descartes tiene razón puesto que para pensar es necesario existir”.

Respecto de la proposición “pienso, luego existo”, el taxista tiene un conocimiento “oscuro”, pues, simplemente, se limita a repetir sin evidencia alguna el tópico de la frase cartesiana; nosotros, que hemos reproducido en nuestra mente cada uno de los pasos de la duda metódica y que hemos conseguido que nuestra mente se perciba a sí misma en el propio ejercicio de la duda, tenemos un conocimiento “claro”; el primer oyente que responde a la pregunta “¿en qué piensa?” indicando que piensa que está nervioso confunde un acto de pensamiento con un acto emocional como es el estar nervioso, por lo que tiene un conocimiento confuso de sus propias vivencias; el se­gundo, que describe su vivencia con un concepto adecuado a lo que realmente vive (un pensamiento) tiene un conocimiento “distinto” de sus vivencias.

Descartes llama intuición a todo acto mental que capta una realidad con claridad y distinción. El error aparece cuando nuestra voluntad nos lleva a asentir a proposiciones que no se muestran con claridad ante nuestra mente. Si sólo aceptásemos como verda­dero aquello que se presenta con claridad, nunca nos equivocaríamos. Las demostraciones geométricas tienen precisamente certidumbre porque se fundan sólo en la evidencia, en la claridad. Tenemos evidencia plena de las nociones comunes (verdades eternas que descansan en nuestras propia razón) y de las naturalezas simples: “de la nada no puede hacerse algo”, “una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo”, “el que piensa no puede dejar de ser o de existir mientras piensa”,...

 

Ver “criterio de verdad (o de evidencia)” y “distinción”.

 

COGITO

Básicamente significa dos cosas: la mente propia en el acto mismo de pensar y la primera verdad: “pienso, luego existo” (“cogito, ergo sum”).

El cogito es la primera verdad en el orden del conocimiento; y ello en dos sentidos:

por una parte porque es la primera verdad a la que llegamos cuando hacemos uso de la duda metódica, y en segundo lugar porque a partir de ella podemos fundamentar todas las demás. Viene a ser el axioma básico a partir del cual desarrollar toda la filosofía como un sistema de conocimiento absolutamente fundamentado. En relación con la frase “pienso. luego existo” es necesario hacer las siguientes precisiones:

1.   Aunque Descartes presenta este conocimiento en forma inferencia1 (“luego...”) no  hay que creer que llega a esta verdad a partir de una argumentación o demostración. No llega de esta manera porque la duda metódica (particularmente la hipótesis del genio maligno) pone en cuestión precisamente el valor de la razón deductiva. Además, como nos dice el propio Descartes en su “Respuesta a las Segundas Objeciones” si esta proposición fuese la conclusión de algún silogismo, habríamos necesitado conocer pre­viamente la mayor “todo lo que piensa es o existe” la cual se fundamenta precisamente en la observación de que uno mismo no puede pensar si no existe, puesto que las pro­posiciones generales las obtenemos del conocimiento de las particulares. El “cogito, ergo sum” es una intuición. El conjunto de reflexiones que propone Descartes antes de llegar al cogito sirven para preparar a nuestra mente y disponerla de tal modo que pueda percibir de forma inmediata y evidente dicha verdad. Podemos conseguir que alguien acepte la existencia o propiedades de un objeto físico sin demostrárselas, basta que le ayudemos a dirigir su mirada hacia dicho objeto (que le enseñemos a mirar); pues bien, lo mismo hace Descartes, nos enseña a mirar en una determinada dirección, dispone nuestro espíritu para que éste capte con evidencia dicha verdad.

2.   Es preciso tener cuidado con la palabra “pienso” (y con la proposición “pienso, luego existo”) pues con ella nosotros ahora nos referimos a la vivencia gracias a la cual tenemos un conocimiento conceptual e intelectual de la realidad. Sin em­bargo, en Descartes tiene un significado más genérico y viene a ser sinónima de acto mental, o vivencia o estado mental o contenido psíquico. El propio Descartes nos dice que con la palabra “pensar” entiende “todo lo que se produce en nosotros de tal suerte que lo percibimos inmediatamente por nosotros mismos; por esto, no sólo entender, querer, imaginar sino también sentir es la misma cosa aquí que pensar”. El rasgo común a entender, querer, pensar, sentir, (y pensar en sentido estricto, pensar como razonar o conceptualizar) es el que de ellos cabe una percepción inmediata, o en nuestro lenguaje, que todas estas vivencias tienen el atributo de la consciencia, el ser consciente o poder serlo. Todo acto mental presenta la carac­terística de ser indudable, ninguno de ellos puede ser falso, por lo que valdría tanto decir “recuerdo, luego existo”, “imagino, luego existo”, “deseo, luego existo”, “sufro, luego existo”, que “pienso luego existo”;

3.   El descubrimiento cartesiano, el cogito, señala, simplemente, que la mente es un ámbito privilegiado para la verdad, pues de los estados mentales propios no cabe duda alguna cuando dirigimos nuestra mirada hacia ellos y los describimos únicamente en la medida en que se muestran a dicha mirada reflexiva En términos actuales diríamos que las proposiciones que describen la propia vida psíquica son incorregibles, mientras que los que se refieren a la realidad exterior a la propia mente (incluidos los que se refieren a las mentes ajenas) son falibles o dudables: cuando vamos al dentista y le decimos que nos duele una muela el médico nos puede decir que es imposible puesto que no tenemos tal muela, y no nos llamaría la atención su corrección, pero parece absurdo que si simplemente le indicamos que sentimos dolor intente corregir nuestra descripción indicando que es imposible, que realmente no lo sentimos.

4.   Como nota histórica se puede indicar que San Agustín: en “De libero arbitrio”, 2, 3, 7 ya anticipó esta primera verdad con su “si fallor, sum”, si me equivoco, existo; aunque en San Agustín este descubrimiento no tiene la importancia que tiene en la filosofía cartesiana.

El cogito se va a convenir en criterio de verdad: en la proposición “pienso, luego existo” no hay nada que asegure su verdad excepto que se ve con claridad que para pensar es necesario existir. Por eso podemos tomar como regla general que "las cosas que concebimos más claras y más distintamente son todas verdaderas”.

 

COSA PENSANTE

La mente.

Ver “res cogitans”.

 

CRITERIO DE VERDAD (O DE EVIDENCIA)

Criterio que nos permite decidir la verdad de nuestras creencias: son verdaderas aquellas proposiciones evidentes, es decir, las proposiciones “claras y distintas”.

Llamamos criterio al requisito o requisitos que podemos utilizar para la valoración de algo; por ejemplo, podemos utilizar como criterio para la corrección de un examen que todos aquellos alumnos que lleguen al cuatro aprueban, y el resto suspenden. Cuando utilizamos un criterio las cosas que valoramos con él quedan divididas al menos en dos grupos: las que lo cumplen y las que no lo cumplen. Cabría pensar que también es posible utilizar un criterio para valorar la perfección de nuestros conoci­mientos en relación a su pretensión de verdad, en relación a la verdad que de ellos podemos esperar. Esto es precisamente lo que ocurre con la regla de evidencia. El cum­plimiento de la regla de evidencia permite asegurar la certeza. Descartes obtiene el criterio de verdad a partir de la primera verdad descubierta con el ejercicio de la duda metódica. Lo que garantiza la verdad de la proposición “pienso, luego existo” es su claridad y distinción, por lo que podemos aceptar como “una regla general que todas las cosas que percibo muy clara y distintamente son verdaderas” (“Tercera Meditación”).

De todos modos este “criterio de verdad” no tiene total garantía hasta que no se demuestra la existencia de Dios y su bondad, y ello, básicamente, por la radicalidad de la duda metódica: la hipótesis del genio maligno pone en cuestión incluso la veracidad de aquello que parece mostrarse como más evidente (con claridad y distinción), por ejemplo que dos más tres sean realmente cinco, y llega a cuestionar la propia matemática, tanto las proposiciones matemáticas a las que se llega por deducción, como las verdades más sim­ples a las que parece llegarse por intuición. Muchos lectores de las “Meditaciones metafísi­cas” han señalado que en este punto Descartes parece caer en un circulo vicioso: podemos llegar a la demostración de la existencia de Dios si vemos con “claridad y distinción” que cada uno de los pasos que seguimos en la argumentación es verdadero. Pero, a su vez, la claridad y distinción como criterio de verdad para conocimientos que no son los del co­gito, sólo queda suficientemente justificada si Dios existe. El mismo Descartes intenta dar una respuesta a esta cuestión, pero no lo hace de un modo totalmente satisfactorio. En su respuesta indica que Dios se utiliza como garantía solamente de aquellas ciencias que aprehenden conclusiones y necesitan de la memoria. La veracidad divina garantiza que no me engaño al pensar que son verdaderas aquellas proposiciones que recuerdo haber perci­bido clara y distintamente. Algunos interpretes intentan resolver esta cuestión indicando que Descartes distinguió entre el simple acto de visión mental de la verdad de algo (la evidencia) y el conocer ese algo con ciencia perfecta. Podemos tener claridad y distinción de la verdad “los tres ángulos de un triángulo son iguales a dos ángulos rectos”, pero no tenemos ciencia perfecta hasta que no hayamos demostrado que Dios existe y es bueno. En este sentido dice Descartes que un ateo puede conocer claramente que los tres ángulos de un triángulo son iguales a dos rectos pero que “tal conocimiento, de su parte, no puede constituir verdadera ciencia” (“Respuesta a las Segundas Objeciones”).

Ver “claridad” y “distinción”.

 

CUALIDADES PRIMARIAS

Título con el que, a partir de Galileo, se designan las cualidades físicas que realmente se encuentran en las cosas.

Las cosas no son totalmente tal y como se nos muestran a los sentidos: algunos rasgos que percibimos en ellas les pertenecen realmente y otros no puesto que son meramente las sensaciones provocadas en nuestros sentidos por ciertas disposiciones de las cosas físicas mismas. Las cualidades primarias u objetivas son la extensión (en longitud, anchura y profundidad) y las que dependen de ellas como el tamaño y la figura. A estas añade también el movimiento. Son precisamente las cualidades de las que cabe un conocimiento “claro y distinto”, que, en este caso, quiere decir conoci­miento que se pueda expresar en términos matemáticos.

 

CUALIDADES SECUNDARIAS

Cualidades que no existen en las cosas mismas. En cierto sentido se puede decir que son subjetivas.

Hay que matizar la última afirmación: no son totalmente subjetivas puesto que aparecen en nosotros como consecuencia de la influencia de las cosas físicas sobre nuestros sentidos. Por parte de las cosas mismas no hay otra cosa que ciertas disposi­ciones (dependientes de su magnitud, figura y movimiento) que les permiten crear en nosotros las sensaciones correspondientes. En los “Principios de Filosofía” Descartes pone como ejemplos de estas cualidades el color, el sonido, el gusto, el olor y las cualidades táctiles.

 

DEDUCCIÓN

Toda inferencia necesaria a partir de otros hechos que son conocidos con certeza.

 Las características de la deducción son las siguientes:

    es un cierto movimiento o sucesión de la mente (más exactamente de la razón);

    depende de la memoria: la deducción no necesita como la intuición de una evi­dencia presente, sino que toma, en cierto modo, toda su certidumbre de la memoria;

    supone la intuición.

Postulamos su existencia porque hay muchas cosas que podemos conocer con certeza pero de las cuales no tenemos una evidencia inmediata (una intuición). Podemos alcanzar su verdad porque las deducimos de principios demostrados, y lo hacemos mediante un movimiento continuo y no interrumpido del pensamiento, con una intui­ción clara de cada cosa.

Los primeros principios se dan a la intuición; las proposiciones que se deducen inmediatamente de los primeros principios podemos decir que son conocidas, ora por deducción, ora por intuición; las conclusiones remotas son suministradas únicamente por deducción. En estos casos la certeza depende en algún grado de la memoria, pues depende del recuerdo de haber tenido evidencia de las proposiciones que se utilizan en la deducción.

Ver “intuición”.

 

DISTINCIÓN

Junto con la claridad, una de las notas de la evidencia.

Descartes llama “distinto” a todo conocimiento que reúne estas dos características:

    es claro, es decir se refiere a una cosa presente ante el propio sujeto;

    describe la cosa percibida con precisión, sin añadirle rasgos que le son ajenos. Ver “claridad” y “criterio de verdad (o de evidencia)”.

 

DUALISMO ANTROPOLÓGICO

Teoría filosófica para la cual el hombre consta de dos principios radical­mente distintos, el cuerpo y el alma.

Esta teoría no es exclusiva de la filosofía cartesiana pues se encuentra con mayor o menor claridad en toda la filosofía anterior. Lo peculiar del enfoque cartesiano es que llega a ella a partir del ejercicio de la duda metódica y que la expresa con absoluta radicalidad: el cuerpo y la mente son substancias totalmente distintas, con caracterís­ticas, procesos y modelos explicativos distintos.

En la “Sexta Meditación”, Descartes nos presenta el argumento utilizado para postular la radical diferencia entre el cuerpo y el alma:

    aquello que podemos concebir con claridad y distinción como correspondiendo a una cosa le pertenece realmente, aquello que no se presenta con claridad y distin­ción no le pertenece realmente;

    tengo claridad y distinción de que nada pertenece a mi esencia excepto que soy una cosa pensante e inextensa;

    tengo una idea clara y distinta del cuerpo como una cosa extensa y no-pensante;

    conclusión: mi alma es absolutamente distinta de mi cuerpo y puede existir sin éL

Descartes parece identificar nuestro yo con nuestra mente, y no con el compuesto mente-cuerpo. Pero también indica que la relación que mantiene nuestra alma o mente

con nuestro propio cuerpo es una relación peculiar, distinta a la que mantiene con el resto de los cuerpos. Nos dice que no podemos entender esta relación como la que existe entre un piloto y su nave. La nave es algo exterior al piloto por lo que el cono­cimiento de lo que ocurre en el barco lo tiene el piloto como lo tiene del resto de cosas físicas. Sin embargo nosotros no experimentamos nuestro cuerpo de la misma manera pues las modificaciones que éste sufre las sentimos “desde dentro”. Descartes habla de dos tipos de sensaciones, las externas y las internas. Mediante las primeras captamos los otros cuerpos (y el nuestro cuando nos vemos o nos oímos) mediante las internas lo captamos “desde dentro”. Por eso nos dice que el alma se extiende a lo largo de todo el cuerpo, aunque exista también un lugar privilegiado en donde parece concentrarse el alma y en donde propiamente conecta el alma y el cuerpo: el cerebro y particularmente la glándula pineal. Descartes admite que el alma y el cuerpo se relacionan causalmente (cambios en el cuerpo producen cambios en el alma, cambios en el alma producen cambios en el cuerpo). Como consecuencia de la estrecha relación que tienen ambas substancias en cada hombre concreto, en algunos textos se expresa de un modo un tanto parecido a Santo Tomás: el alma y el cuerpo, nos dice en las “Respuestas a las Cuartas Objeciones”, pueden considerarse como substancias incompletas ya que parecen relacionarse y necesitarse mutuamente. y formar, juntas, la unidad que llamamos hombre concreto.

Ver “dualismo ontológico”.

 

DUALISMO ONTOLÓGICO

Tesis filosófica según la cual la realidad consta de dos regiones radicalmente distintas.

 En el caso de la filosofía cartesiana estas dos regiones son la de lo espi­ritual y la de lo material. En lo espiritual, Descartes distingue también las substancias creadas o mentes humanas de la substancia increada o Dios.

Este dualismo es en cierto modo más extremo que el de la tradición escolástica pues ésta aceptaba que las criaturas físicas participaban del mundo de lo espiritual, por ejemplo al considerar que las plantas y las animales también gozaban de activida­des vitales, aunque elementales, y por lo tanto de un alma o principio no reductible a términos materiales. Sin embargo Descartes considera que fuera de las mentes no hay nada que sea capaz de actividades psíquicas, ni siquiera en el mundo animal. La vida para él no es una consecuencia de un principio espiritual y se puede explicar en términos puramente materiales y mecánicos.

Para Descartes lo espiritual no se relaciona con la vida sino con el pensamiento y la consciencia. Los cuerpos son radicalmente distintos de las mentes o almas pues son substancias realmente distintas, con atributos y propiedades (modos) necesariamente distintos. Los cuerpos son pura extensión, correspondiéndoles por ello las propieda­des como el movimiento, la figura, el peso y el color. Las mentes son pensamiento, correspondiéndoles la consciencia y las modificaciones de esta como los sentimientos, los deseos, los actos de voluntad, las emociones y los recuerdos. En este sentido,

Descartes podría indicar que los pensamientos no pesan ni ocupan un lugar ni tienen color, puesto que sólo a lo corpóreo le corresponden estas propiedades. A su vez, los cuerpos no pueden tener emociones, ni pensamientos, ni recuerdos, ya que estas propiedades son propiedades del alma. Una conclusión llamativa de este punto de vista es que los cerebros, propiamente, no piensan, ni en ellos se guardan los recuer­dos, ya que sólo el alma —algo inmaterial— es el sujeto de pensamientos y recuerdos.

Otra consecuencia de este punto de vista es que nuestras explicaciones del mundo físico no pueden ser iguales a nuestras explicaciones de la realidad mental. Los cuerpos se pueden explicar en términos mecanicistas, sin apelar a causas finales, ni a la libertad, y empleando la matemática. Las almas no se pueden explicar en dichos términos, pues necesitamos referirnos a las causas finales y a la libertad. En términos actuales diríamos que de la conducta que depende del alma sólo caben explicaciones mentalistas y de la conducta que depende de los meros cuerpos explicaciones materialistas y reduccionistas.

Ver “dualismo antropológico”.

 

 

DUDA METÓDICA (O HIPERBÓLICA)

Método seguido por Descartes para la comprobación de la verdad de sus creencias y el descubrimiento de una verdad absolutamente indudable.

Los rasgos básicos de la duda metódica propuesta por Descartes son los siguientes:

1.  Es metódica: con ello se quiere decir que no hay que confundirla con las dudas del escepticismo como movimiento filosófico. En su época había en Francia escépticos que creían imposible el conocimiento; sin embargo Descartes emplea la duda precisamente para superar este escepticismo y tiene como objetivo encontrar una proposición que resista absolutamente cualquier duda imaginable.

2.  Es universal: pone en cuestión absolutamente todos los conocimientos, tanto los de sentido común y los basados en la percepción como los que tienen su origen en la investigación científica, incluida la propia matemática. El único tipo de creencias que no cuestiona expresamente son las relativas a las verdades religiosas: cuestiona la legitimidad de los sentidos y de la razón pero no trata explícitamente de la legiti­midad de la fe y la revelación.

3.  Es hiperbólica o exagerada: con ello se quiere decir que es radical. Descartes no nos dice sólo que tenemos que dudar de aquello que, tras un examen o compro­bación, veamos que es falso; esta es una recomendación de sentido común y un requisito mínimo del ejercicio de la razón. Su propuesta es mucho más radical:

tenemos que dudar de aquello que vemos que es falso, pero también —y esto es lo esencial— de aquello que podamos plantear alguna duda, incluso en el caso de que no podamos mostrar que es falso; si nos cabe alguna duda, nos dice Descartes, po­demos considerarlo como si realmente fuese falso, tenemos que dudar de aquello que vemos que es falso, pero también —y esto es lo esencial— de aquello que podamos plantear alguna duda, incluso en el caso de que no podamos mostrar que es falso; si nos cabe alguna duda, nos dice Descartes, po­demos considerarlo como si realmente fuese falso

4.  Es una consecuencia de la primera regla del método: debo admitir como verda­dero sólo aquello que se presente ante mi mente con absoluta claridad y distinción de racionalismo: sólo podemos admitir como ciertas aquellas creencias que han sido revisadas y evaluadas por nuestra propia razón, y no por instancias ajenas a ella (la tradición, la autoridad, el prejuicio, ...).

5.  Tiene una vigencia en el tiempo: Descartes la utiliza como un recurso para llegar a proposiciones evidentes, a conocimiento verdadero. En cierto modo lo que hace Descartes se parece a una historia: tiene un comienzo, una serie de fases o etapas y un final, y lo que vale al principio no vale en el medio ni al final: en un momento de la duda Descartes considera que tal vez estemos dormidos cuando sin embargo nos parece estar despiertos. y en otro duda incluso de la matemática; si no somos cuidado­sos podríamos decir que, según Descartes, es imposible separar la vigilia del sueño o que nunca podremos estar absolutamente seguros de la matemática, cuando esto no es así. Duda de la vigilia y de las matemáticas sólo en los momentos precisos del ejercicio de la duda metódica en donde los cuestiona, pero tras el descubrimiento de un primer principio (el cogito) y la demostración de la existencia de Dios y de su bondad, podrá revisar sus afirmaciones anteriores y superar la duda. Por ello, si nos preguntan sobre las creencias de Descartes relativas a esta cuestión deberíamos decir más bien que, por ejemplo, dudó de la matemática en un momento determinado pero que al fmal consi­deró que es uno de los saberes más excelentes que nos cabe obtener.

6.  La duda propiamente no descubre verdades nuevas, verdades en las que no creyese al principio, antes de usar la duda metódica; antes de la duda creía en la veracidad de la matemática, de los sentidos, creía en la existencia de Dios, en la existencia del alma y de su inmortalidad; después de la duda cree también en estas proposiciones. ¿Qué ha ganado? Ha ganado evidencia. Antes creía en esos temas sin tener propiamente conocimiento: en algunos casos por mera inclinación natural —los sentidos—, en otros por la tradición —las verdades religiosas—, en otros porque se lo mostraba su razón, aunque no radicalmente —como en matemáticas. Ahora cree en lo mismo pero con conocimiento absolutamente fundado, con conoci­miento consecuencia del ejercicio pleno de su razón. De todas formas, es preciso recordar también que sí hay algunas creencias que quedan modificadas: la no distinción clara entre alma y cuerpo, y las creencias relativas a ciertas cualidades sensibles: antes del ejercicio de la duda creía que las cosas tenían color, sabor, tamaño, movimiento. Ahora cree que alguna de estas propiedades existe realmente en los cuerpos —las llamadas cualidades primarias— mientras que otras no, pues son en cierto modo subjetivas —las llamadas cualidades secundarias.

7.  Es teorética, no práctica: pone en cuestión los conocimientos y tiene como objetivo encontrar un conocimiento firme, pero no debe extenderse a la vida práctica, a la con­ducta. En la vida práctica es inevitable seguir opiniones que son solamente probables.

8.  No se aplica a todas las creencias tomadas de una en una: dado que en nuestra mente tenemos miles (o millones) de creencias y que nunca podríamos terminar de revisar todas, la duda se debe aplicar a los fundamentos de las creencias más que a las creencias mismas. Como encuentra que todo lo que conocemos lo conoce­mos por los sentidos o por la razón, considera necesario examinar la legitimidad de ambos métodos de conocimiento. Si encontrásemos dudas razonables en cuanto a su legitimidad, todas las creencias fundamentadas en ellos quedarían en cuestión.

 

Pasos fundamentales de la duda metódica tal y como aparece en las “Meditaciones

Metafísicas”:

1.   Primer momento (la duda propiamente dicha): “pérdida del mundo”

a)  duda de los sentidos:

   los sentidos nos han engañado en muchas ocasiones: pone en cuestión sólo

actos concretos de percepción, aquellos que no se dan en condiciones fa­vorables:

   el sueño es indistinguible de la vigilia: pone en cuestión la totalidad de actos de percepción;

b)  duda de la razón:

   a veces nos equivocamos al razonar: pone en cuestión sólo actos concre­tos de razonamiento, aquellos que se hacen con precipitación y descansan en la deducción;

   Dios nos ha podido hacer de tal modo que nos engañemos siempre (hipótesis del genio maligno): pone en cuestión la totalidad del ejercicio de la razón, incluida la intuición de las verdades matemáticas;

c)  conclusión de la duda: podemos dudar de los sentidos y de la razón, podemos dudar de la existencia de los cuerpos —incluido el propio— , de las otras perso­nas y sus mentes, de las verdades de la experiencia ordinaria y del sentido común, podemos dudar de las ciencias —incluida las matemáticas.

2.  Segundo momento: descubrimiento del cogito

a)  la proposición “pienso, luego existo” no puede dudarse en absoluto;

b)      podemos aceptar que existimos, y que existimos como seres o cosas pensantes.

3.   Tercer momento: “recuperación del mundo”

     a)  primera parte: demostración de la existencia de Dios

        tampoco son dudables nuestras ideas;

        observación y clasificación de los tipos de ideas;

        demostración de la existencia de Dios mediante dos pruebas:

               o la idea de un ser perfecto;

               o la imperfección y dependencia de mi ser;

b)  segunda parte: demostración de la legitimidad y objetividad de nuestras facultades cognoscitivas:

    afirmación de la bondad de Dios;

   dado que Dios existe, nos ha creado y es bueno, podemos confiar en nuestros sentidos y nuestra razón, particularmente en todo aquello que se presente con claridad y distinción a nuestra mente;

   rechazo de los anteriores motivos de duda, en particular de la hipótesis del genio maligno y de la indistinción entre sueño y vigilia.

4.   Conclusión general:  existe mi cuerpo, mi alma —y ambos como cosas distintas—, los cuerpos físicos (animales, vegetales, ...). existen las otras personas, existe Dios. Descubrimiento de una verdad absolutamente incuestionable, “pienso, luego existo”, y de un criterio de verdad objetivo, la claridad y la distinción.

 

ERRORES Al  RAZONAR

Errores en los que se fija Descartes para poner en cuestión las verdades a las que se llega mediante el ejercicio de la razón.

Tras observas que hasta en sueños “dos más tres son cinco” Descartes avanza en el desarrollo de la duda metódica mostrando que el ejercicio de la razón, incluso en matemá­ticas, puede ser dudoso. El primer momento en las dudas respecto de la razón consiste precisamente en recordarnos que en muchas ocasiones nos equivocarnos al razonas (por ejemplo cuando salimos de un examen de matemáticas absolutamente convencidos de que hemos resuelto bien un problema pero un compañero nos muestra que no es así, que nos hemos equivocado al emplear una fórmula incorrecta). Con este recurso Descartes pone en Cuestión los Conocimientos a los que se llega mediante cadenas argumentativas pone en cuestión lo que podríamos llamar razón deductiva. Se podría alegar que podemos cometer un error respecto de proposiciones que exigen muchos pasos para su comprobación por lo que dichas Proposiciones no son absolutamente evidentes, pero que respecto de propo­siciones sencillas, de proposiciones que se ven inmediatamente que son verdaderas sin necesidad de argumentación alguna, eso no es así. Y esto es precisamente lo que parece reconocer Descartes El recurso de “los errores al razonar” cuestiona el ejercicio de la razón deductiva, pero no la totalidad de la experiencia racional, de ahí que Descartes con­tinúe la duda metódica con la hipótesis del genio maligno.

 

ESPÍRITUS ANIMALES

Corpúsculos materiales gracias a los cuales el cerebro puede sentir los cambios del mundo físico y provocar el movimiento de las distintas partes del cuerpo.

En el “Tratado del hombre”, Descartes estudia los procesos físicos de nuestro cuerpo, particularmente los que tienen que ver con el sistema nervioso (movimiento y percepción). En esta obra nos dice que la glándula pineal deja pasas al cerebro sólo las “porciones más sutiles y animadas de la sangre”, a las que compara con “un viento muy sutil, o más bien, una llama muy viva y muy pura”; estos corpúsculos son los “espíritus animales” (recordamos que el término “espíritu” viene del latín “spiritus”, soplo de aire, aire). Desde el cerebro los “espíritus animales” se desplazan por los nervios sensoriales y motores, permitiendo la percepción y el movimiento de las distintas partes del cuerpo. En cierto modo, el concepto de “espíritus animales” anti­cipa de un modo muy rudimentario el concepto actual de neurona.

 

FILOSOFÍA MODERNA

Período de la historia de la filosofía que comienza con Descartes y culmina con la filosofía kantiana (siglos XVII y XVIII).

En el siguiente esquema se citan las corrientes y autores más importantes de esta época. En el apartado relativo a la Ilustración se incluyen sólo los ilustrados franceses, pero no se debe olvidar que Locke, Hume y Kant son también destacados defensores

   de  este movimiento.

   1.  Racionalismo                                          3.       Ilustración

         a) Descartes (1596-1650)                                  a) Voltaire (1694-1778)

         b) Spinoza (1632-1677)                                     b) Diderot (1713-1784)

         c)  Malebranche (1638-1715)                  c) Rousseau (1712-1786)

         d)  Leibnjz (1646-1716)                     4.   El Idealismo Trascendental:

   2.  Empirismo                                                        Kant (1724-1804)

         a)  Locke (1632-1704)

   b)  Hume (1711-1776)

         c)  Berkeley (1685-1753)

 

Los rasgos más importantes de la filosofía moderna son:

   independencia del ejercicio de la razón y de la filosofía respecto de la fe y la teología;

   estudio del sujeto (tanto del sujeto moral como del sujeto que conoce), de sus estructuras y mecanismos;

   mayor preocupación por las cuestiones relativas a! conocimiento (elementos, procesos y fundamentación del saber) que de cuestiones ontológicas (aunque de ningún modo éstas fueron olvidadas);

   fascinación por los resultados de las ciencias y de la calidad de su conocimiento, tanto de la matemática como de la nueva ciencia o física matemática.

 

GENIO MALIGNO

Entidad hipotética postulada por Descartes en un momento del desarrollo de la duda metódica. Supuesto Dios que nos ha creado imperfectamente para que “nos engañemos siempre aún en las cosas que pensamos conocer mejor”.

Ver “hipótesis del genio maligno”.

 

GLÁNDULA PINEAL

Para Descartes es la parte más importante del cerebro pues en ella la sangre se convierte en “espíritus animales” que posteriormente se extienden por todo los nervios. La parte del cerebro en donde se sitúa el alma.

Glándula del cerebro situada en su base. Actualmente se le da mucha importancia pues produce la hormona melanotonina y se la relaciona con la sincronización de diversas funciones del organismo, particularmente las que tienen que ver con los cambios de luz (el día y la noche, el verano y el invierno).

 

 

HIPÓTESIS DEL GENIO MALIGNO

Hipótesis postulada por Descartes en la duda metódica con la que pone en cuestión los conocimientos aparentemente más seguros, incluidos los matemáticos.

Con esta hipótesis Descartes culmina la duda metódica y con ella adquiere la má­xima radicalidad. Nos dice que tal vez hemos sido creados por un Dios que nos obliga a engañarnos sistemáticamente, que ha dispuesto nuestra naturaleza de tal modo que creemos estar en la verdad cuando realmente estamos en el error. Con esta hipótesis se cuestiona la legitimidad de las proposiciones que parecen tener la máxima evidencia, las que se presentan con “claridad y distinción” (excepto las referidas a la propia mente, como mostrará el descubrimiento del cogito), proposiciones del tipo “dos más tres es cinco” o “la suma de los ángulos de todo triángulo es igual a dos rectos”. Por lo tanto llega a cuestionar la veracidad de la propia matemática.

 

El objetivo de este extraño supuesto es ver si es posible encontrar algo que sea absolutamente verdadero: si encontramos una verdad que llegue a superar esta hipó­tesis, su calidad como verdad será extraordinaria. Aunque Descartes no explica ni justifica cuidadosamente la hipótesis del genio maligno, parece que se refería a las siguientes cuestiones: podemos considerar que nuestro reconocimiento de algo como verdadero es consecuencia de nuestra naturaleza (nosotros diríamos ahora de nuestro cerebro) y podríamos pensar que vemos algo como verdadero porque estamos hechos como estamos hechos, de tal forma que a distinta constitución distinto conocimiento; tal vez las cosas que puedan considerar verdaderas seres pertenecientes a otras espe­cies o seres racionales que hayan sufrido una evolución biológica diferente (por ejemplo, los extraterrestres) pueden ser distintas a las nuestras. Cabe dudar que la matemática, por ejemplo, tenga una validez universal, en el sentido de que tal vez para otros seres, seres con una naturaleza psicológica o física distinta a la nuestra, las verdades matemáticas sean también distintas a las nuestras. En definitiva, si reflexiones de este tipo nos llevan a pensar que el reconocimiento de algo como verdadero depende de nuestra propia naturaleza o forma de ser, parece que hasta los conocimientos más firmes pueden ponerse en cuestión. Es posible que Descartes introdujese la hipótesis del genio maligno para señalar esta última duda.

 

En cuanto a la palabra “genio” nos dice Descartes que podríamos llamar así al Dios que tal vez nos ha hecho de ese modo tan falible para no confundirlo con el Dios cristiano, del cual se predica siempre la bondad.

 

HIPÓTESIS DEL SUEÑO

Momento de la duda metódica que le sirve a Descartes para cuestionar la validez de la percepción. Dado que no hay signos suficientes en la vigilia que la separen claramente del sueño es pensable que todo lo que nos parece estar vi­viendo no sea más que un sueño.

 

Esta hipótesis pone en cuestión la totalidad de nuestra experiencia perceptiva, no aspectos concretos de ella como ocurría con la observación de que, a veces, los sentidos nos engañan. Con la hipótesis del sueño se presentan como dudosos todos los conocimientos obtenidos por los sentidos, tanto los de la experiencia ordinaria —los relativos a mi conocimiento de Aranjuez, por ejemplo— como las ciencias naturales o conocimientos científicos que descansan en la percepción. La duda que sobreviene con esta hipótesis pone en cuestión la existencia de otros cuerpos, otras mentes (ya que yo deduzco estas últimas observando los cuerpos de las personas a las que atribuyo estados mentales) pero también mi propio cuerpo. Supongo que tengo un cuerpo porque lo percibo, y lo percibo tanto mediante sensaciones externas (veo mis manos escribiendo, por ejemplo) como mediante sensaciones internas (cosa que no ocurre con ningún otro cuerpo, que no puedo percibir “desde dentro”); pero ambos tipos de percepciones son dudables, incluso la interna (recordamos que es pensable sentir “por dentro” una parte del cuerpo que realmente no se tiene, como ocurre en algunos casos de mutilación).

 

La conclusión que se sigue de la hipótesis del sueño es fundamental también para la cuestión de las relaciones entre mente y cuerpo. El cuerpo es dudable, incluido el propio, pero la propia mente —como mostrará Descartes más adelante— no, luego si podemos dudar de nuestro cuerpo y no de nuestra mente debemos concluir que no somos cuerpo sino mente.

 

Ver “dualismo antropológico”.

 

 

IDEA

Con esta palabra designa Descartes todo contenido de la mente capaz de representar algo.

Descartes no explica con precisión esta noción. Parece referirse con ella, y de un modo genérico, a todo lo que hay en la mente, tanto las sensaciones como los objetos de la memoria, de la imaginación, los del pensamiento e incluso las emociones. De todos modos en los textos identifica más las ideas con los contenidos mentales que tienen la capacidad de representar cosas (las sensaciones, las imágenes de la fantasía, los conceptos del pensamiento) que con otros contenidos mentales como los actos de voluntad o las pasiones. Divide las ideas en ideas adventicias, facticias e innatas.

Hay que recordar que este uso de la palabra “idea” ya no tiene nada que ver con el platónico, y será el aceptado posteriormente por los empiristas, trasladándose final­mente hasta el lenguaje corriente.

 

IDEAS ADVENTICIAS

Las ideas consecuencia del influjo del mundo exterior sobre nuestros sentidos.

Son las ideas (las sensaciones, imágenes y conceptos), que pueden explicarse a partir de la experiencia perceptual que tenemos del mundo. Son, por lo tanto, las ideas que dan lugar al conocimiento empírico.

 

 

IDEAS FACTICIAS

Aquellas ideas consecuencia del poder de nuestra imaginación.

Las construye la mente a partir de otras ideas. Si me imagino un ser formado por el cuerpo de un perro y la cabeza de un dragón, el pensamiento o idea de esta entidad fantástica pertenecería a este grupo.

 

IDEAS INNATAS

Son las ideas que se encuentran en nuestra mente antes de cualquier expe­riencia o percepción del mundo. La más importante es la idea de Infinito o Dios. Han sido implantadas en nuestra mente por Dios.

Descartes no limitó lo innato a los conceptos (como los de Dios, substancia o los conceptos matemáticos), también consideró que hay principios innatos o verdades eternas. por ejemplo en lógica y en física. Las proposiciones “cosas que son iguales a una misma cosa, son iguales entre sí”, o “de la nada, nada sale” son principios de este tipo. La experiencia perceptual no permite nunca establecer nada con absoluta univer­salidad, y sin embargo tenemos verdades que se presentan como universales, luego estas no pueden descansar en la experiencia sino en la naturaleza de la propia razón.

Descartes no consideró que las ideas innatas están en nuestra mente de forma actual o como un saber siempre a nuestra disposición. El niño no tiene el concepto de Dios de esta manera. Cuando Descartes se refiere a lo innato en nuestra mente quiere indicar que la experiencia empírica o percepción no puede justificar ciertos contenidos mentales, y que si los tenemos es porque descansan en la propia naturaleza de nuestra mente. Hay en nosotros una potencialidad innata por la cual conocemos a Dios; la idea de Dios es innata en el sentido de que es producida por una capacidad natural de la mente, es innata de una manera potencial, no actual. En el breve escrito “Obser­vaciones sobre la explicación de la mente humana” explica cómo debemos entender lo innato: “uso este término en el mismo sentido que cuando afirmamos que la generosi­dad es innata en algunas familias y que en otras lo son algunas enfermedades como la gota o el cálculo, pero no en el sentido de que los hijos de esas familias padezcan estas enfermedades desde el vientre de sus madres, sino en el sentido de que nacen con cierta disposición o facultad para adquirirlas”.

Nuestras ideas claras y distintas de las naturalezas simples son innatas, y también lo es nuestro conocimiento de los principios universales y las leyes de la física. Esto fomenta la idea del carácter deductivo de las ciencias y un cierto olvido del experimento. La física depende de la metafísica: podemos llegar por el análisis a naturalezas simples como la extensión y el movimiento, y a partir de éstas podemos deducir las leyes generales que gobiernan cualquier mundo material. Aunque el propio Descartes hizo trabajos experi­mentales en física y anatomía, sin embargo llegó a escribir en 1638 en carta a Mersenne “mi física no es otra cosa que geometría” (por tanto conocimiento puramente deductivo construido a partir de verdades primeras o naturalezas simples de carácter innato).

 

INTUICIÓN

     Acto de la mente por el cual vemos de forma inmediata, con claridad y dis­tinción, la verdad de una proposición.

Descartes nos dice que los dos actos de nuestra inteligencia o razón gracias a los cuales podemos llegar al conocimiento cierto son dos, la intuición y la deducción. Explica que la intuición no es el testimonio de los sentidos ni el juicio engañoso de la imaginación sino la concepción que nace o tiene su origen en las “solas luces de la razón “. Es más segura que la deducción y no deja lugar a dudas de aquello que com­prendemos. Identifica la intuición con la luz natural.

Podemos entender la diferencia establecida por Descartes entre la intuición y la deducción si nos fijamos en la diferencia entre mostrar y demostrar. Demostramos algo cuando damos razones que justifican nuestra opinión, cuando relacionamos una proposición con otra hasta llegar, a modo de conclusión, a lo que queríamos demos­trar. La demostración es un proceso discursivo de nuestra razón. Sin embargo mos­tramos algo cuando, simplemente, ponemos ante un sujeto aquello que queremos mostrar, cuando hacemos que el sujeto al que queremos convencer tenga presente, delante de él, la realidad u objeto en la que queremos que crea. Es fácil poner ejem­plos de esta diferencia fijándonos en los objetos físicos. Podemos intentar convencer a alguien de que en su casa hay un ladrón argumentando que le han forzado la ventana, que hay luz, que se oyen ruidos extraños, es decir dándole razones concluyentes. Pero también lo podríamos hacer —aunque con grave riesgo para nosotros— llevando a nuestro amigo al interior de la casa y mostrándole la presencia del ladrón.

No es necesario demostrar todo, puesto que hay cosas que no se pueden demos­trar pero que nuestra mente puede ver inmediatamente que son ciertas. Estas cosas son precisamente los fundamentos o bases de toda demostración.

Descartes tomó del proceder matemático, particularmente de la geometría, la distinción entre intuición y deducción. La geometría euclidiana parte de unos primeros principios indemostrables o axiomas y mediante cadenas argumentativas concluye en proposiciones cada vez más complejas o teoremas. A diferencia de algunas consi­deraciones contemporáneas que defienden la idea de que dichos principios se aceptan por convención o por su poder para generar muchas proposiciones consistentes, Des­cartes consideró que se aceptan porque la mente ve inmediatamente su verdad (por intuición); sin embargo llegamos a la verdad de los teoremas por deducción.  Lo peculiar del enfoque racionalista consiste en considerar que, junto con lo que

podríamos llamar intuición sensible o percepción, existe una intuición más perfecta, la intuición de la mente o intuición intelectual. Este punto de vista supone dos cosas:

    que la mente puede ver de una manera propia, que no sólo ven los ojos físicos;

    que hay ciertos objetos que se pueden mostrar, que pueden estar presentes en persona ante ella.

Descartes pone como ejemplos de este tipo de conocimiento la intuición de la propia existencia, el acto de conocimiento de la mente de sus propias vivencias, pero también el conocimiento de verdades universales respecto de objetividades o realida­des distintas a la de la propia mente (“que el triángulo está definido sólo por tres líneas”, “que la esfera por una superficie”,...)

Finalmente, señala las diferencias entre la intuición y la deducción:

    la intuición es un acto simple, la deducción es un cierto movimiento o sucesión de la mente;

     la intuición ofrece evidencia presente, mientras que la deducción parece exigir la presencia de la memoria, el recuerdo de haber vivido ciertas evidencias, pero no exige la evidencia actual;

     la intuición es más básica o fundamental que la deducción, pues incluso podemos decir que la deducción no es otra cosa que intuiciones sucesivas.

 

LUZ NATURAL

Facultad cognoscitiva dada por Dios gracias a la cual nuestra mente percibe con claridad y distinción las verdades eternas y las verdes absolutamente indu­dables. Se identifica con la razón y más exactamente con la intuición.

 

MECANICISMO

Doctrina filosófica para la cual la realidad puede explicarse a partir de la causalidad eficiente, es decir, sin referencia a ningún fin o propósito.

Generalmente el mecanicismo intenta explicar la realidad en términos de materia en movimiento, aunque también podemos encontrar teorías filosóficas que sin consi­derar a la mente en términos materialistas dan de ésta explicaciones mecanicistas, como ocurre en gran medida con las leyes de la asociación de Hume.

Aunque encontramos tesis mecanicistas en la antigüedad —por ejemplo, en la filosofía atomista— es a partir del Renacimiento cuando esta teoría tiene mayor importancia y profundidad. La ciencia moderna es mecanicista, y ya Galileo introduce las ideas básicas de este punto de vista. Los dos elementos característicos del mecanicismo moderno son los siguientes:

    distinción entre cualidades primarias y cualidades secundarias: las cualidades secundarias son los colores, sonidos y sabores y son subjetivos; no son rasgos de las cosas sino meros efectos de ciertas combinaciones de materia sobre nuestras mentes. Las cualidades primarias son las cualidades objetivas, las cualidades que realmente poseen las cosas (figura, número, tamaño y movimiento). Esta clasifica­ción la introduce Galileo y será aceptada por Locke y Descartes

     rechazo de la causalidad final: las explicaciones aristotélicas del mundo natural consideraban imprescindible la referencia a la causalidad eficiente para la explica­ción del mundo natural, pero también a la causalidad final y a la causa formal. Las explicaciones mecanicistas rechazan la causa final, y, de la causa formal, sólo aceptan las formas matemáticas, bien geométricas como la figura, bien otras puramente cuantitativas, como el tamaño la cantidad y el movimiento.

Descartes aceptó el mecanicismo respecto del mundo físico o res extensa, preci­samente en estos dos sentidos:

    consideró que hay propiedades que atribuimos a las cosas pero que en realidad son una mera consecuencia de la constitución física de nuestros sentidos (las cualidades secun­darias) y hay otras propiedades que realmente se encuentran en las cosas. propiedades describibles matemáticamente y de las que cabe, por lo tanto, claridad y distinción. Para Descartes la característica básica de las cosas materiales es la extensión (longitud, anchura y profundidad) rasgo puramente geométrico y cuantitativo;

      en el mundo físico todo es consecuencia de los cambios dados con anterioridad (causalidad eficiente) y no de una supuesta causalidad final inscrita en las cosas. La totalidad del mundo material puede tratarse como un sistema mecánico y la física no necesita introducir o considerar otra clase de causas que las eficientes. Ello lleva a rechazar la existencia de almas o principios vitales ocultos en los seres vivos, y de formas substanciales en los seres inertes. Los principios puramente cuanti­tativos, materiales y mecánicos que utilizamos para explicar los seres no vivos nos sirven también para explicar los seres vivos.

Con sus tesis mecanicistas Descartes intenta fundamentar la física moderna, física que, a diferencia de la aristotélica, es esencialmente matemática.

Otro elemento importante del mecanicismo cartesiano se refiere a su concepción de los animales y las plantas como máquinas. Los animales no tienen mente y pueden ser explicados en términos de materia en movimiento (mecánicamente). Sin embargo su conducta parece que descansa en estados mentales (ingenuamente, nos parece que el perro se escapa porque tiene miedo, o que sigue a su amo porque le quiere, que sabe encontrar el alimento que ayer escondió porque tiene memoria e inteligencia). Descartes consideró que las atribuciones de estados mentales que hacemos en estos casos es injustificada puesto que podemos explicar esta conducta que aparentemente depende de una mente sin referirnos a la mente. Y concluyó de este modo tras observar que los ingenieros de su época habían construido artefactos (máquinas) en las que las parte físicas estaban dispuestas de tal forma que parecían darles conducta final. Pero en estos casos está claro que dicha conducta no descansa en una mente sino que es responsabilidad de sus componentes físicos. Los animales no tienen mente, aunque parezcan tenerla, como los autómatas no tienen mente aunque parezcan tenerla. En el caso de los autómatas el responsable de su conducta aparentemente mentalista y final es el hombre, que los ha fabricado; en el caso de los animales, el responsable es la propia naturaleza y en último término Dios, que es la causa última del mundo.

En el hombre hay que distinguir la conducta que depende exclusivamente del cuerpo (procesos físicos como la respiración, la digestión, la circulación de la sangre) y que puede explicarse mecánicamente, de aquella conducta que depende de nuestra mente (como el lenguaje y la ciencia) y que nunca podrá explicarse en términos de materia en movimiento (es decir mecánicamente).

 

MENTE

Substancia o entidad responsable de la totalidad de la vida psíquica.

La tradición aristotélico-tomista consideraba al alma como el principio de la vida bio­lógica, sensitiva y espiritual, aceptando con ello la existencia de almas en los vegetales y en los animales. Descartes se separa de esta tradición limitando las capacidades del alma a la vida psíquica, entendida como conjunto de actividades conscientes o que pueden hacerse conscientes a voluntad. Para él el alma se identifica con la mente, cuyo rasgo principal es precisamente el pensamiento o “ser consciente de”. Descartes considerará que los procesos biológicos y la vida biológica en general pueden explicarse en términos puramente corporales y mecánicos. De este modo las plantas y los animales no tienen alma o mente en sentido propio, ya que la totalidad de su conducta puede entenderse en términos mecánicos. El hombre tiene mente, y ésta es radicalmente distinta al cuerpo.

Ver “dualismo antropológico” y “res cogitans”.

 

MODOS

Modificaciones variables de los atributos.

La mente tiene como rasgo básico el pensamiento, el ser consciente; el cuerpo tiene el rasgo básico de la extensión, el extenderse en el espacio. Pero en nuestra mente se suceden distintas géneros de vivencias (recordar, pensar, imaginar, querer, sentir, amar); del mismo modo, los cuerpos pueden tener distintas formas geométricas, tamaños, velocidades en sus movimientos, cantidades... Descartes llama precisamente modos a estas modificaciones iones no esenciales de las mentes y de los cuerpos.

Ver “substancia”.

 

NATURALEZAS SIMPLES

Elementos últimos a los que se llega mediante el proceso del análisis y que son conocidos mediante ideas claras y distintas (mediante actos de intuición).

El análisis nos muestra que los cuerpos están compuestos de extensión, figura y mo­vimiento; no se trata propiamente de que todo cuerpo tenga una parte de extensión, otra de figura y otra de movimiento, son partes que no se pueden dar aisladamente unas de otras, pero que nuestro entendimiento puede separar. Las naturalezas simples son preci­samente esas naturalezas a las que llegamos mediante el análisis, que no están formadas por elementos más básicos y que son conocidas mediante ideas claras y distintas.

Descartes acepta tres grupos distintos de naturalezas simples:

    las naturalezas simples materiales, que se encuentran solo en los cuerpos (figura, extensión, movimiento, ...);

    las naturalezas simples intelectuales o espirituales, que sólo se encuentran en las mentes, como el pensar, el querer y el dudar;

    las comunes a las cosas materiales y espirituales: la existencia, la unidad, la duración.

Las naturalezas simples se expresan en ideas y “proposiciones simples” “claras y distintas” y son el punto de partida para las inferencias o deducciones. El conoci­miento comienza a partir de la comprensión de estas naturalezas simples y consiste en la deducción a partir de ellas de proposiciones más complejas y oscuras. Esto fomenta la idea del carácter deductivo de las ciencias, un cierto olvido del experimento y la idea de que la física depende de la metafísica: podemos llegar por el análisis a naturalezas simples como la extensión y el movimiento, y a partir de éstas podemos deducir las leyes generales que gobiernan cualquier mundo material.

 

OBRAS DE DESCARTES

 

OBRAS DE DESCARTES

año

título

1628

Reglas para la dirección del espíritu (publicado póstumamente en 1671)

1633

Tratado del mundo ( publicado tras su muerte en 1667)

1637

Discurso del método

1641 en latín

1647 edición francesa

Meditaciones de filosofía primera la edición del 47 incorpora las Objeciones y Respuestas

1644 en latín

1647 edición en francés

Principios de filosofía

1649

Las pasiones del alma

1637

Geometría

1664 primera edición en francés

Tratado del hombre (publicado póstumamente)

 

PENSAMIENTO

Descartes llama pensamiento a todo lo que se da en la mente y de lo que cabe ser consciente.

Descartes entiende esta palabra de un modo más genérico que nosotros: nosotros llamamos “pensamiento” a un acto mental de tipo cognoscitivo, y más exactamente intelectual. Sin embargo, Descartes se refiere con esta palabra a todo contenido mental, a todo lo que se encuentra en la mente. En las “Meditaciones Metafísicas” nos dice que por “pensar” entiende “todo lo que se produce en nosotros de tal suerte que lo perci­bimos inmediatamente por nosotros mismos; por esto, no sólo entender, querer, imaginar sino también sentir es la misma cosa aquí que pensar”. De todas estas vivencias cabe tener una percepción inmediata, por lo que tienen en común, utilizando nuestro lenguaje, la consciencia, el ser consciente o poder serlo. Todos los “pensamientos” —vivencias diríamos nosotros— tienen la peculiaridad de resistir los embates de la duda.

 

PRIMERA VERDAD

Primera verdad en el orden de la fundamentación del conocimiento.

 La des­cubrimos como consecuencia de la duda metódica y la expresa Descartes con la frase “pienso, luego existo” (“cogito, ergo sum”). Todo el conocimiento humano se puede deducir a partir de esta primera verdad.

Ver “cogito”.

 

PRUEBAS PARA LA DEMOSTRACIÓN DE LA EXISTENCIA DE DIOS

En su obra “Meditaciones Metafísicas” encontramos las tres más importantes:

en la Tercera Meditación los argumentos basados en la idea de un ser perfecto y en la contingencia de nuestro propio ser, y en la Quinta el famoso argumento ontológico.

La demostración de la existencia de Dios es esencial para la superación de la duda metódica: los dos primeros argumentos citados se incluyen precisamente en el ejerci­cio de duda metódica y le sirven para superarla mediante la referencia a la bondad de Dios y la objetividad y legitimidad que Este da a nuestras facultades cognoscitivas y al criterio de verdad.

Ver “argumento basado en la idea de un ser perfecto”, “argumento basado en la imperfección y dependencia de mi se” y “argumento ontológico”.

 

RACIONALISMO

Movimiento filosófico desarrollado particularmente en la Europa continental durante los siglos XII y XVIII y caracterizado por la primacía que dieron a la razón en la fundamentación del conocimiento, la fascinación por la matemática y la defensa de la existencia de ideas innatas y de la intuición intelectual.

El término “racionalismo” tiene un significado muy amplio: en general, llamamos racionalista a toda posición filosófica que prima el uso de la razón frente a otras instancias como la fe, la autoridad, la vida, lo irracional, la experiencia empírica, ... Es racionalista todo aquél que cree que el fundamento, el principio supremo, es la razón. Junto con ello, cabe ser racionalista en relación con un género de cuestiones y no serlo en relación con otro: por ejemplo se puede reivindicar la necesidad del ejercicio de la razón en política pero no en religión.

Pero el término “racionalismo” se usa comúnmente en la historia de la filosofía para designar una cierta forma de fundamentar el conocimiento: cabe pensar que el conocimiento descansa en la razón, o que descansa en la experiencia sensible; así, puesto que valoraron más la razón que los sentidos, podemos llamar a Parménides, Platón y Descartes racionalistas; y podemos decir que Aristóteles, Santo Tomás y, por supuesto, Hume, tienden al empirismo, dado el valor que dieron a la experiencia sen­sible o percepción. Sin embargo, a pesar de que pueda recibir distintas acepciones y aplicarse en esferas distintas, el término “Racionalismo” se utiliza primordialmente para referirse a la corriente filosófica de la Edad Modema que se inicia con Descartes, desarrolla en la Europa continental con Spinoza, Malebranche y Leibniz, y se opone al empirismo que en esta misma época tiene éxito en las Islas Británicas.

 

Los rasgos que más definen al racionalismo moderno son los siguientes:

 

1.  La tesis de que todos nuestros conocimientos acerca de la realidad proceden no de los sentidos, sino de la razón, del entendimiento mismo.

2.  El conocimiento puede ser construido deductivamente a partir de unos primeros principios.

3.  Los primeros principios del conocimiento no se pueden extraer de la experiencia empírica sino que se encuentran ya en el entendimiento: el innatismo de las ideas.

4.  Consideración de la deducción y más aún de la intuición intelectual como los métodos más adecuados para el ejercicio del pensamiento.

5.  La consideración de la matemática como ciencia ideal.

6.  Reivindicación del argumento ontológico para la demostración de la existencia de Dios.

7.  La apreciación optimista del poder de la razón, ésta no tiene límites y puede alcanzar a todo lo real.

Ver “filosofía moderna”.

 

 

REALIDAD FORMAL

La realidad efectiva o en acto. Es una característica de los objetos, no de las ideas. La enti4ad que tiene mayor realidad formal (mayor o más perfecto ser) es Dios.

 

REALIDAD OBJETIVA

La realidad conceptual, la realidad propia de las ideas. Se refiere al conte­nido representativo de la ideas: las notas, características o propiedades incluidas en un concepto.

No todas las ideas tienen la misma realidad objetiva: las que se refieren a substancias tienen más realidad objetiva que las que se refieren a atributos; y, de las substancias las que se refieren a las substancias espirituales poseen más realidad objetiva que las que se refieren a cosas materiales. La idea con más realidad objetiva es la idea de Dios.

 

REGLA DE LA ENUMERACIÓN

En el “Discurso del método” la presenta como la cuarta regla. Consiste en revisar cuidadosamente cada uno de los pasos de los que consta nuestra investi­gación hasta estar seguros de no omitir nada y de no haber cometido ningún error en la deducción.

Ver “reglas del método”.

 

REGLA DE LA EVIDENCIA

Es la primera y más importante de las reglas del método. Consiste en aceptar como verdadero sólo aquello que se presente con “claridad y distinción”, es decir, con evidencia. Es el ejercicio de la intuición.

Esta regla da lugar a la duda metódica y, tras su superación, al conocimiento como ciencia o saber estricto. En los “Principios de filosofía” Descartes nos dice que nunca nos engañaremos si nos limitamos a describir en nuestros juicios sólo aquello que conocemos clara y distintamente. El error tiene su origen en que juzgamos antes de tener un conocimiento exacto de lo juzgado. La voluntad, que es imprescindible para que demos nuestro asentimiento a un juicio, pude ir más allá de lo que se ofrece con claridad y distinción, y por lo tanto llevarnos al error. Descartes consideró que siempre que nos equivocamos es por mal uso de nuestra voluntad.

Ver “claro”, “intuición” y “reglas del método”.

 

REGLA DE LA SÍNTESIS

O métódo de la composición. Consiste en proceder con orden en nuestros pensamientos, pasando desde los objetos más simples y fáciles de conocer hasta el conocimiento de los más complejos y oscuros.

En el “Discurso del método” nos la presenta como la tercera regla del método. Recomienda comenzar por los primeros principios o proposiciones más simples perci­bidas intuitivamente (a las que se llega mediante el análisis) y proceder a deducir de una manera ordenada otras proposiciones, asegurándonos de no omitir ningún paso y de que cada nueva proposición se siga realmente de la precedente. Es el método empleado por la geometría euclidiana. Según Descartes, mientras que el análisis es el método del descubrimiento, y es el que utiliza en las “Meditaciones Metafísicas” y el “Discurso del método”, la síntesis es el método más apropiado para demostrar lo ya conocido, y es el empleado en los “Principios de Filosofía”.

Ver “regla del análisis” y “reglas del método”.

 

 

REGLA DEL ANÁLISIS

El análisis (“resolución”) es el método de investigación consistente en dividir cada una de las dificultades que encontramos en tantas partes como se pueda hasta llegar a los elementos más simples, elementos cuya verdad es posible esta­blecer mediante un acto de intuición.

En el “Discurso del método” nos la presenta como la segunda regla. Consiste en descomponer las aserciones complejas hasta llegar a los últimos elementos que las constituyen. Permite llegar a las “naturalezas simples”. Con este método conseguimos que las proposiciones más oscuras se puedan comprender al observar cómo dependen de otras más simples. Como dice Descartes en las “Meditaciones”, es también un buen método de enseñanza pues muestra el camino por el que una cosa fue metódicamente descubierta y es el que sigue en esa obra para mostrar la verdad de proposiciones complejas (por ejemplo “la mente es distinta del cuerpo”, “la mente puede existir sin el cuerpo”, “Dios existe”). En esta obra la proposición elemental a la que llega el análi­sis, y a partir de la cual posteriormente y mediante un proceso de síntesis se llegará a demostrar la verdad de las proposiciones complejas citadas, es el cogito, cuya verdad se muestra mediante intuición.

Ver “regla de la síntesis” y “reglas del método”.

 

REGLAS DEL MÉTODO

Conjunto de reglas propuestas por Descartes cuyo cumplimiento garantiza la adquisición de conocimiento evidente.

Algunos intérpretes consideran que Descartes tomó su método de las matemáticas, puesto que esta ciencia parece cumplir fielmente dichas reglas. Pero, dado el carácter unitario del saber que defiende Descartes, deben emplearse en cualquier tipo de inves­tigación, no sólo la matemática; precisamente parece que la aplicó en primer lugar a la propia filosofía. Como indican los títulos de algunas de sus más importantes obras (“Discurso del método”, “Reglas para la dirección del espíritu”) Descartes consideró de suma importancia el descubrimiento de las reglas o método adecuado para la investigación científica.

También es preciso observar que no se trata de técnicas que puedan ser aplicadas mecánicamente para el descubrimiento de verdades, son más bien recomendaciones generales destinadas a emplear adecuadamente las capacidades naturales de la mente. El método permite evitar la influencia del prejuicio, la educación, la impaciencia, y las pasiones que pueden cegar la mente.

No hay que confundir la intuición y la deducción (que son los dos “caminos más seguros hacia el conocimiento”) con el método y sus reglas.

         Las reglas fundamentales son:

            1. la regla de la evidencia,             3. la regla de la síntesis;

            2. la regla del análisis;                   4. la regla de la enumeración.

 

RES COGITANS

Del latín “res”, cosa, y “cogito”, pensar. La mente o substancia pensante.

El atributo por el que conocemos esta substancia, el que constituye su esencia y del que dependen todas las demás es el pensamiento. Todas las propiedades que encontramos en la “res cogitans” no son sino diferentes modos de pensar: la imagina­ción, el sentimiento y la voluntad, dependen de tal modo de una cosa que piensa, que no podemos concebirlos sin ella. Recordamos que, en realidad, con “pensar” no se refiere aquí Descartes al pensamiento en sentido estricto sino propiamente al “ser consciente de”, a todo aquello que puede estar acompañado de consciencia. Por esto, como nos dice en las “Meditaciones Metafísicas”, “una cosa que piensa es una cosa que duda, que entiende, que concibe, que afirma, que niega, que quiere, que no quiere, que imagina también y que siente”.

Ver “mente”.

 

RES EXTENSA

Del latín “res”, cosa. Las substancias corpóreas o materiales.

El atributo por el que conocemos esta substancia, el que constituye su naturaleza y esencia, y del que dependen todas las demás es la extensión en longitud, anchura y profundidad. Todas las demás características que podamos atribuir a los cuerpos (como la figura y el movimiento) presuponen la extensión. Descartes presenta con estas ideas una concepción geométrica o matemalizante de la realidad física, puesto que considerará como reales sólo aquellas propiedades físicas que se pueden describir matemáticamente. Los animales son pura extensión, no poseen mente alguna.

 

SÍNTESIS

Ver “regla de la síntesis”.

 

SOLIPSISMO

Tesis filosófica según la cual sólo se puede garantizar la existencia de uno mismo puesto que la existencia de cualquier otro ser es dudable o infundada.

Ningún filósofo se atrevió a defender este punto de vista tan radical, ni. por su­puesto, Descartes. Hay que tener cuidado con este cuestión ya que en el ejercicio de la duda metódica hay un momento en el que Descartes parece abrazar este punto de vista: tras dudar de la existencia de los cuerpos y de las mentes Descartes descubre que existe él mismo como ser pensante. pero no sabe aún si existe alguien más —cae por lo tanto en el solipsismo— pero inmediatamente intenta mostrarse a sí mismo que no está solo, y lo hace precisamente mostrando que, además, existe Dios. Finalmente cree estar convencido también de que la bondad de Dios garantiza la creencia en la exis­tencia de las cosas físicas y de las otras mentes, superando de este modo la duda metódica y eliminando definitivamente la “soledad radical” a la que le había conducido dicha duda.

 

SUBSTANCIA

Aquello que no necesita de otra cosa para existir.

Si la definición anterior se la interpreta literalmente sólo Dios sería una substancia, puesto que el resto de los seres necesitan de Dios para existir. Pero en un sentido derivado podemos utilizar dicho término para designar o referimos a las naturalezas que sólo necesitan del concurso divino para existir, y de ese modo diferenciarlas de aquellas que no pueden existir más que descansando en otra naturaleza, como las cualidades o atributos de las substancias.

La substancia no se puede conocer directamente sino a través del rasgo fundamental o esencial que le conviene: en el caso de la substancia corpórea la extensión en longitud y profundidad y en el caso de la substancia pensante el pensamiento. Todas las demás propiedades son modificaciones de este rasgo fundamental (la figura y el movimiento, de los cuerpos; los diferentes modos de pensar como la imaginación, el sentimiento y la voluntad, de las mentes).

 

 

ESTRUCTURA DE LA REALIDAD FINITA

 

substancias

res cogitans

 (mente)

res extensa

 (cuerpos)

atributos

el pensamiento o ser

consciente de

la extensión (profundidad, anchura y

longitud)

modos

la imaginación, la memoria, la voluntad, el pensamiento en sentido estricto, ...

el movimiento, la figura, el tamaño (propiedades describibles matemáticamente)

tipo de explicación válida

mentalistas: explicaciones que supongan la referencia a estados mentales y a la conducta final o motivada y libre

mecanicistas: explicaciones matematizantes basadas en la referencia a la materia en movimiento y en procesos mecánicos basados únicamente en la causalidad eficiente

ejemplos de substancias

las mentes humanas

los animales, las plantes y el resto de seres creados

 

SUBSTANCIA INFINITA  o Dios.

Es la entidad a la que le conviene propiamente ser substancia, pues es la única que de modo absoluto no necesita de otra cosa para existir. Todas sus propiedades son esenciales en él, luego son atributos, no modos. Sus atributos fundamentales son los de pensamiento, independencia, infinitud y bondad. Todos ellos son importantes de un modo u otro en la filosofía cartesiana:

 

    la independencia: puesto que Dios es propiamente la substancia, es el concepto límite en el grado de la substancia;

 

    el pensamiento: porque también a nosotros nos corresponde como “res cogitans”, lo que muestra el parentesco que guardamos con Dios;

 

    el de ser necesario: porque lo utilizará en la prueba para la demostración de la existencia de Dios basada en la observación de la imperfección y dependencia de mi ser;

 

    la infinitud: porque la utiliza en el argumento ontológico;

    la bondad: pues le servirá como garantía del conocimiento humano y para la supe­ración de la duda metódica.

 

SUBSTANCIAS FINITAS

Las cosas corpóreas y las mentes.

 

 

TESTIMONIO FALAZ DE LOS SENTIDOS

Argumento presentado por Descartes en la primera fase de la duda metódica para cuestionar la validez de los sentidos.

Descartes observa que los sentidos nos engañan, por lo parece que no es conve­niente confiar en ellos. Sin embargo, acepta que este argumento no es decisivo pues parece comprometer sólo ciertos actos perceptuales, como las percepciones que no reúnen condiciones favorables (escasa iluminación, objetos lejanos, -..). Por esta razón la duda metódica continúa con la hipótesis de que tal vez la vigilia sea un sueño, hipótesis que cuestionará ya la totalidad de la experiencia perceptual.